"El cine que uno hace es lo que uno es."
Lo dijo él mismo, en 2024, cuando la Academia de Cine de España le entregó su Medalla de Oro. Era la frase perfecta para definir una carrera construida sin concesiones, sin fórmulas fáciles, sin rendirse nunca ante lo que el mercado pedía. Este domingo 26 de abril, Adolfo Aristarain murió en Buenos Aires a los 82 años. Y con él se va uno de los últimos grandes autores del cine argentino.
La Academia de Cine de España fue la primera en confirmar su fallecimiento.
No hubo comunicado oficial de su familia al cierre de esta nota. Solo el silencio que dejan los que realmente importan.
El chico de Parque Chas que aprendió solo
Adolfo Aristarain nació el 19 de octubre de 1943 en el barrio porteño de Parque Chas. A los cuatro años ya leía los diarios antes de ir al colegio. De formación completamente autodidacta, en su adolescencia conducía un programa en Radio Nacional donde leía traducciones de Dylan Thomas. El inglés lo dominaba a la perfección. La cultura, la absorbía por todos lados.
A los dieciséis años empezó a trabajar vendiendo de casa en casa y a vivir la noche de Buenos Aires de los sesenta. Fue a través de amigos actores que conoció el ambiente del teatro y del cine. Empezó desde abajo, como asistente de dirección, participando en más de treinta films antes de animarse a dirigir el primero propio.
El cine que hizo temblar a la dictadura
En 1978 realizó La parte del león, su ópera prima. Tres años después llegaron Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982), filmadas en plena dictadura militar argentina y construidas como una crítica feroz y elegante al poder.
Devoto de John Ford y de Alfred Hitchcock, Aristarain construyó historias vitalistas, evocadoras y sensibles, siempre con la cara de Federico Luppi como espejo de sus obsesiones. Luppi fue su actor fetiche, su alter ego en pantalla, el hombre capaz de sostener con la mirada lo que otros necesitaban decir con palabras.
La película que casi gana el Oscar
Un lugar en el mundo (1991) fue nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera, ganó el Premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana y obtuvo la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Era una historia sobre la utopía, la traición y la memoria en la Argentina de los setenta, contada con una humanidad que atravesaba cualquier frontera.
Después vinieron La ley de la frontera (1995), Martín (Hache) (1997) y Lugares comunes (2002), cada una más personal que la anterior, cada una más incómoda para el cine de consumo y más necesaria para el cine de verdad.
Los últimos años: el corazón y Piazzolla
En sus últimos veinte años no filmó, aunque él nunca se consideró retirado. En una entrevista con El País en 2024 contó que había desarrollado la idea de hacer una historia sobre Ástor Piazzolla, pero en 2019 lo operaron del corazón durante once horas. "Yo pedí los videos porque quería saber qué había pasado durante todo ese tiempo, pero no me los quisieron mostrar", dijo. La recuperación fue lenta. El proyecto de Piazzolla quedó en suspenso.
En 2024 recibió la Medalla de Oro de la Academia de Cine de España, el mayor reconocimiento que ese país le podía dar a alguien que vivió siete años en su territorio y dejó allí parte de su alma cinematográfica.
Un mes de luto para el cine argentino
Abril de 2026 va a quedar en la historia cultural argentina como uno de los meses más duros. Luis Brandoni. Luis Puenzo. Y ahora Adolfo Aristarain. Tres nombres que definieron lo mejor del cine y el teatro nacional durante décadas, tres pérdidas en menos de dos semanas.
Aristarain realizó once películas como director y en otras seis se desempeñó como asistente. No son muchas. Pero cada una pesa. Cada una dura. Cada una sigue siendo, hoy, una razón para encender el proyector.
Fuentes: C5N, La Nación, Academia de Cine de España, Fundación Konex
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