Antes de que se estrenara un solo episodio, Stephen King ya había publicado en sus redes sociales: "¡Qué idea tan genial!" La frase del maestro del terror sobre Mis muertos tristes no fue una exageración de marketing. Fue una descripción exacta de lo que es esta miniserie: una idea tan simple y tan poderosa que uno se pregunta cómo nadie la había pensado antes.
Este jueves 24 de septiembre llegó a Netflix la producción de Fábula dirigida por Pablo Larraín, con guion de Mariana Enríquez, el propio Larraín, Anastasia Ayazi y Guillermo Calderón. Cuatro episodios. Un elenco que no tiene un eslabón débil. Y una historia que mezcla el terror de Enríquez con el drama social que define la filmografía del director chileno de una manera que ninguno de los dos hubiera podido lograr solo.
La historia que lo sostiene todo
Ema es una médica recién jubilada de 60 años que tiene un don que lleva décadas intentando controlar: puede ver y escuchar a los muertos. Cuando su madre fallece, la familia se reúne en el barrio porteño de Piedrabuena —esos edificios de viviendas sociales que Larraín describió en San Sebastián como lugares "lentamente abandonados, dejados en el patio de atrás"— y algo se desata. La sobrina de Ema, Julie, parece tener el mismo don. Y los muertos del barrio tienen mucho para decir.
La miniserie toma como base directa los relatos Mis muertos tristes y Julie, y Un lugar soleado para gente sombría de la última antología homónima de Enríquez, pero no reproduce los cuentos: los usa como materia prima para construir algo nuevo. La propia autora lo definió así: no se trató de adaptar, sino de permitir que otro artista encontrara su propia mirada dentro de ese universo. Esa generosidad creativa se nota en cada episodio.
Lo que emerge es una historia sobre los muertos de la injusticia. Los fantasmas de Mis muertos tristes no flotan por mansiones victorianas ni aparecen en cementerios iluminados por luna llena. Viven en los pasillos del Hospital de Clínicas, en los patios de los edificios de Piedrabuena, en los espacios que la ciudad abandonó hace décadas. Son los muertos de la violencia social, del olvido sistemático, de las deudas que ningún Estado termina de saldar.
Un elenco sin un eslabón débil
Mercedes Morán está extraordinaria. Su Ema es una mujer que carga el peso de décadas de contención —como médica, como madre, como alguien que ve lo que los demás no pueden ver— y que en estos cuatro episodios empieza a soltar esa carga con una lentitud y una precisión que solo los actores que saben exactamente lo que hacen pueden sostener durante una hora por episodio. No hay un gesto de más. No hay un momento calculado que se note como tal. Es actuación de la más alta calidad.
Dolores Fonzi como Carolina, su hija, construye un personaje cuya relación con Ema es uno de los núcleos emocionales de la historia. La muerte de la abuela reúne a dos mujeres que estaban separadas y que todavía tienen asuntos pendientes entre sí. Esa tensión, que Fonzi trabaja con la misma sutileza que Morán, es el motor dramático que hace que la historia funcione más allá del terror.
Alejandra Flechner y Carolina Sánchez Álvarez completan el cuarteto protagónico con una solidez que confirma algo que el cine y la televisión argentina demuestran cada vez con más frecuencia: el talento femenino del país está en un momento extraordinario. Las cuatro mujeres en pantalla sostienen el conjunto con una química que parece construida a lo largo de años cuando en realidad es el resultado de un trabajo muy preciso de casting y dirección.
La mirada de Larraín sobre lo argentino
Hay algo que hace especialmente valiosa la mirada de Pablo Larraín sobre este material: es la de alguien que conoce profundamente la historia del terror latinoamericano —tanto el literario como el político— pero que observa Buenos Aires con los ojos de quien ve cosas que los propios porteños ya dejaron de notar.
El barrio de Piedrabuena como escenario no es un capricho estético. Es una decisión política. Larraín eligió filmar en ese lugar porque es un espacio donde la violencia y el abandono son tan cotidianos que se volvieron invisibles. Y cuando los muertos de Enríquez empiezan a poblar esos pasillos, lo que emerge es una imagen sobre la Argentina que duele exactamente porque es verdadera.
La fotografía de Sergio Armstrong —el mismo que trabajó con Larraín en Jackie y Spencer— le da a cada episodio una textura visual que oscila entre el naturalismo más descarnado y una paleta casi onírica cuando los muertos aparecen en escena. El resultado es una miniserie que se ve como cine de festival, no como producción de streaming.
La presencia en San Sebastián
Antes de llegar a Netflix, Mis muertos tristes compitió en la Sección Oficial del 74° Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde fue presentada el 20 de septiembre. En la rueda de prensa, Larraín reflexionó sobre el género fantástico como vía para mirar lo social, y el elenco tomó posición pública sobre el trato hacia la cultura en sus respectivos países. Morán y Fonzi representaron a Argentina en uno de los festivales más importantes de Europa con una producción que llegó a Netflix apenas cuatro días después de esa premiere mundial.
Lo que no termina de cerrar
La miniserie no es perfecta. El cuarto episodio tiene un ritmo algo más irregular que los anteriores, como si la resolución de algunas líneas narrativas hubiera requerido más espacio del que los cuatro episodios permiten. Y hay momentos donde la densidad temática — terror, familia, violencia social, duelo, memoria — se acumula de una forma que exige del espectador una atención sostenida que no siempre es recompensada con la misma claridad narrativa.
Pero son observaciones menores frente a la ambición y la calidad del conjunto.
El veredicto
Mis muertos tristes es la mejor producción argentina de ficción del año. Una miniserie que no le pide permiso a ningún género para existir, que usa el terror como lente para mirar la realidad social con una honestidad que pocas ficciones nacionales se permiten, y que tiene en Mercedes Morán una actuación que ya es parte de la historia del mejor cine y la televisión argentina.
Cuatro episodios. Disponible ahora en Netflix. No esperen al fin de semana.
⭐⭐⭐⭐ Muy Buena
👍 LO BUENO
Mercedes Morán entrega una de las actuaciones más precisas y contenidas de toda su carrera, sostenida por un elenco femenino sin fisuras
La mirada de Pablo Larraín sobre Buenos Aires y el uso del terror como herramienta de crítica social elevan la miniserie muy por encima del género
👎 LO MALO
El cuarto episodio tiene un ritmo algo más irregular y la acumulación temática exige una atención sostenida que por momentos supera la claridad narrativa
"Los muertos de la injusticia también merecen ser escuchados. Esta miniserie les da la voz que les faltaba."
FICHA TÉCNICA
Título: Mis Muertos Tristes
Dirección: Pablo Larraín
Guion: Mariana Enríquez, Pablo Larraín, Anastasia Ayazi y Guillermo Calderón
Fotografía: Sergio Armstrong
Elenco: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Sánchez Álvarez, Carlos Portaluppi, Germán de Silva, Luz Jiménez
Formato: Miniserie — 4 episodios
Estreno: 24 de septiembre de 2026 — Premiere mundial en el 74° Festival de San Sebastián, 20 de septiembre de 2026
Dónde verla: Netflix (disponible en Argentina)
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